Viajar y bucear

Bosco Soler buceando en las Islas Perhentian de Malasia.

Buceando en las Islas Perhentian de Malasia.

Una mañana estás aburrido en casa y te pones a ver un documental en la televisión sobre los mares tropicales. Aparecen corales, tortugas y tiburones. Aunque interesante, el fondo del mar parece un lugar oscuro y peligroso. Por la tarde, otro documental muestra la vida en las calles de una ciudad del sudeste asiático. La extravagancia de una minoría de clase alta se mezcla con calles sucias, prostitución y pobreza. Te acomodas en el sofá, aliviado de vivir alejado de todo eso.

Pasados unos meses sientes curiosidad por ver eso con tus propios ojos, así que decides contratar un viaje organizado por una agencia a un país del sudeste asiático. La primera mañana vas a una playa tropical a hacer snorkel. Con tus gafas y tu tubo nadas por la superficie del mar, observando la vida que hay un par de metros por debajo. Ves algunos de los peces de aquel documental. También crees ver la silueta de una tortuga, pero nada demasiado profundo para distinguirla bien. Esa tarde os recoje un bus a ti y a los otros 39 para recorrer la ciudad visitando los edificios y monumentos listados en la guía Lonely Planet que te compraste en el Corte Inglés. Desde la ventana contemplas el gentío y el ir y venir de los locales. No parece tan peligroso como lo pintaba el documental. Un niño te dice algo, pero tienes los cascos puestos. Además tienes que darte prisa porque aún te quedan por visitar otros 5 templos antes de volver al hotel a colgar las fotos en Facebook.

Al cabo de unos años decides volver por tu cuenta a aquel lugar. En el albergue conoces a una chica que hace buceo y te convence de ir con ella al día siguiente. La luz se atenúa a medida que descendéis juntos, y peces de mil colores pasan por tu lado en dirección a una formación rocosa cubierta de corales y anémonas que se mueven a merced de las corrientes. Al principio te sientes extraño e incómodo, fuera de tu medio, pero a medida que te acostumbras empiezas a sentirte parte de él. Esa tarde vais juntos a la ciudad. El caos y el bullicio de gente sigue reinando en las calles, pero esta vez no hay nadie que te marque el camino. Te sumerges. Te pierdes entre las calles y entre su gente. Te pierdes entre golpes de aromas y entre un cúmulo de lenguas incomprensibles.

Y entonces comienza el viaje.

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